En un lugar de Barajas, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía Ramón de Juan. Era un estudiante de los de lápiz en mesa y de escasas frivolidades.
Era un joven que cursaba primero de carrera. Estudiaba ingeniería debido a que gozaba de gran inteligencia. Era el mejor de la clase en todo hasta que un amigo suyo le dijo que viese una serie llamada Dragon Ball. Él dijo que no, porque le parecía de niños.
Un día, cuando terminó de estudiar, no sabía qué hacer, pues ya se había leído sus ocho capitulos del cid y don Quijote diarios y había repasado cuatro veces lo dado en ese día, así que, se puso a ver la serie en internet. Los primeros capítulos le aburrían, pero todas las escenas violentas le motivaban a seguir viendola.
Al día siguiente no podía hablar de otra cosa que de la susodicha serie con su amigo y éste le motivaba con que a continuación iba a ser muy violento ya que había caído en sus manos y en las del vicio.
A Ramón no le producía excitación ver violencia, pero le obsesionaba, como a otro los chistes, la droga, o el sexo. Todo era normal hasta que dedicaba mas tiempo a la serie que al estudio.
LLegó a su colmo cuando se compró el videojuego y al poder paracticar la violencia el mismo ya no distinguía la medida entre la realidad y la ficción.
Veía las noticias con su padre y los palestinos les parecía enemigos contra quienes luchaban los estadounidenses.
Al día siguiente, ofuscado por su vicio, habló con su amigo, incosciente de la gravedad del asunto:
-Habras visto lo de Palestina-
-Sí, a ver si acaba ya la guerra, que no es nada buena- respondió
-Debemos detenerlos y ayudar a Goku a vencerlos pero necesitamos mucho mas entrenamieno- dijo fuera de rodeos
-Jajajajaja, ¿te está gustando la serie ehh??
-¿Qué serie? ¡Hablo en serio! ¡Necesitan nuestra ayuda!-
-Tío, ya basta de vaciles-
-¡Mi plan es perfecto! Cuando terminemos ganaras mucho dinero-
-De acuerdo, confiare en que todo sea controlado-
Al día siguiente vino con un traje de carnaval y con una vieja katana de su familia imitando a un personaje por el que sentía especial afección, que utilizaba katana también.
Al llegar y ver que todo el mundo se reía de él, pensó que ese era el motivo de las guerras; que la gente ajena a ellas no se las tomaba en serio. Como consecuencia sacó la katana y asestó un golpe abrebarrigas al vacilón. Cayose y empezó a teñirse el blanco mármol de rojo. Todos presos del pánico empezaron a huir menos algunos desgraciados que sentenció al no ser lo suficientemente rápidos. De repente pasando por los solitarios y desalojados pasillos de la universidad sonó un ventilador gigante y miró por el ventanal cómo aparecía un bicho alado con una hélice giratoria. Tenía seis cabezas asomadas y seis puntos rojos en su pecho y abdomen. Fue lo último que vio al lanzarse contra la bestia acribillado
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miércoles, 15 de junio de 2011
CARTA A PABLO
Pablo, hoy a sido el peor día de mi vida. Te lo voy a contar si no te importa y te agradecería que la leyeses entera.
Hoy, después de salir de mi casa y hacer la ruta habitual, he sentido que alguien me seguía. A la vuelta de la esquina me he quedado esperando y me he encontrado con él. Iba como un rapero; la capucha echada y los pantalones bajados hasta las rodillas. Alarmado al ver que le había descubierto sacó una aparatosa navaja multiusos y con pulso de Yonki me amenazó.Me dijo que me retaría a un partido de baloncesto y apostaríamos hacer algo embarazoso. En ese momento pensé que estaba loco de la cabeza.
El partido era uno contra otro sin público. Al comienzo me dí cuenta de que era mucho mejor que yo, así que me esforcé, pero aun así no conseguía remontarle. En el descanso, se fue a beber agua y, como no quería perder, amañe la canasta para que sólo entrase al rebotar en el tablero. Cuando volvió no se fijó en la trampa y acabé remontando y ganado el partido. Le dije que si me contaba quien era su tortura seria menor. Me dijo que era una amigo de una amigo que venia a gastarme una broma. No le creí y le obligué a que anduviese con los pantalones bajados (mas de lo que ya los llevaba) y sin camiseta por todo el instituto a las dos y media.
Me dijo que se vengaría por no creerle, que pertenecía a los Latin Kings y me enseño su placa de oficial. La gente me dijo que iba en serio y que la había cagado, pero mi orgullo pudo con todo.
Hoy, después de salir de mi casa y hacer la ruta habitual, he sentido que alguien me seguía. A la vuelta de la esquina me he quedado esperando y me he encontrado con él. Iba como un rapero; la capucha echada y los pantalones bajados hasta las rodillas. Alarmado al ver que le había descubierto sacó una aparatosa navaja multiusos y con pulso de Yonki me amenazó.Me dijo que me retaría a un partido de baloncesto y apostaríamos hacer algo embarazoso. En ese momento pensé que estaba loco de la cabeza.
El partido era uno contra otro sin público. Al comienzo me dí cuenta de que era mucho mejor que yo, así que me esforcé, pero aun así no conseguía remontarle. En el descanso, se fue a beber agua y, como no quería perder, amañe la canasta para que sólo entrase al rebotar en el tablero. Cuando volvió no se fijó en la trampa y acabé remontando y ganado el partido. Le dije que si me contaba quien era su tortura seria menor. Me dijo que era una amigo de una amigo que venia a gastarme una broma. No le creí y le obligué a que anduviese con los pantalones bajados (mas de lo que ya los llevaba) y sin camiseta por todo el instituto a las dos y media.
Me dijo que se vengaría por no creerle, que pertenecía a los Latin Kings y me enseño su placa de oficial. La gente me dijo que iba en serio y que la había cagado, pero mi orgullo pudo con todo.
sábado, 22 de enero de 2011
Argumentación: El escudero del Lazarillo de Tormes
El escudero del Lazarillo es un personaje muy discutido porque anteponía la honra a sus necesidades y a veces le llevaba al hambre y a los embargos. Quería ayudar a un amo rico pero no lo encontraba.
Yo creo que es una persona bastante inconsciente o estúpida porque prefería pasar hambre a tener honra. Para él la honra lo era todo; quería ascender socialmente, pero no podía por tres motivos: porque no tenía dinero, en esa época se nacía siendo una clase social y se moría siendo la misma y no encontraba ningún amo. Hoy en día ocurre al contrario; la gente antepone sus necesidades a su honra extremadamente, y el ejemplo más claro es la prostitución. Yo no digo que haya que haya que hacer esto (dependiendo de la situación), pero debe haber un equilibrio entre los dos. También hay gente que busca la honra, pero normalmente son los ricos y sobre todo los políticos corruptos, a los que les sobra el dinero.
En resumen,, ser escudero es un mal negocio y la gente que lo era era porque estaba obligada por las circunstancias o por falta de cordura; pero esto ha cambiado y ahora hay gente del polo extremo.
Yo creo que es una persona bastante inconsciente o estúpida porque prefería pasar hambre a tener honra. Para él la honra lo era todo; quería ascender socialmente, pero no podía por tres motivos: porque no tenía dinero, en esa época se nacía siendo una clase social y se moría siendo la misma y no encontraba ningún amo. Hoy en día ocurre al contrario; la gente antepone sus necesidades a su honra extremadamente, y el ejemplo más claro es la prostitución. Yo no digo que haya que haya que hacer esto (dependiendo de la situación), pero debe haber un equilibrio entre los dos. También hay gente que busca la honra, pero normalmente son los ricos y sobre todo los políticos corruptos, a los que les sobra el dinero.
En resumen,, ser escudero es un mal negocio y la gente que lo era era porque estaba obligada por las circunstancias o por falta de cordura; pero esto ha cambiado y ahora hay gente del polo extremo.
sábado, 23 de octubre de 2010
San Pedro de Cáceres
Por la época del rey Arturo, en la ermita de San Pedro de Cáceres, había un clérigo que se dedicaba a copiar los documentos religiosos de su ermita. Tenía un buen trabajo hecho: una biblia y seis poemas antiguos. En cuanto terminase con éste, estaría libre para descansar un poco pero se le estaba haciendo especialmente empalagosa este poema dedicado a César, antiguo rey de Roma.
Había copiado muchos documentos; entre ellos unos escritos que habían llegado misteriosamente a Portugal, pues decían que eran de una tribu del continente de la jungla, y predecían el final del mundo hacia el año 1390 del calendario musulmán.
Antes de irse a dormir, al despertarse y después de cada comida rezaba a San Pedro un padrenuestro, un Avemaría y un par de oraciones dedicadas a él. Según la Biblia, San Pedro de Cáceres había salvado a un niño de unos depredadores llevándolo a hombros a través de un río lleno de pirañas. La hazaña le costó el pie derecho, que más tarde acabó por infectarse, pero por su su desconocimiento en lo relacionado al arte de la amputación, acabó en una gangrena que le costó la vida. A pesar de ésto fue un héroe reconocido.
En un ataque moro desde Portugal, saquearon la iglesia, pero nuestro clérigo salió vivo con el tríptico que simbolizaba a san Pedro de Cáceres. Tuvo que vivir en el bosque durante dos largos años, confiando en San Pedro. Hubo una vez que dejó de confiar en San Pedro, porque veía que su vida sólo empeoraba, pero vió una señal y dedujo que tenía que ir a Toledo, capital de la antigua España.
Cuando llegó a Toledo, hizo famoso a San Pedro de Cáceres gracias a que anunció que su ermita había sido asediada, ya que era información vital para el ejército español. Le construyeron una ermita como la suya a las afueras de la ciudad y alcanzó muy buen rango.
Un día mientras que rezaba, le vino un pensamiento fugaz y reparó en que San Pedro de Cáceres no había hecho nada por él, por lo cual interrumpió su rezo y fue a hablar con el párroco de la Catedral principal. En mitad de la conversación, entró un tipo disfrazado y apuñaló al clérigo.
Más adelante se supo que había sido un atentado contra el párroco de la Catedral de Toledo, pero el clérigo, murió sin saber que realmente San Pedro le había matado para que no sufriese como él, pero en este caso era de tuberculosis.
Había copiado muchos documentos; entre ellos unos escritos que habían llegado misteriosamente a Portugal, pues decían que eran de una tribu del continente de la jungla, y predecían el final del mundo hacia el año 1390 del calendario musulmán.
Antes de irse a dormir, al despertarse y después de cada comida rezaba a San Pedro un padrenuestro, un Avemaría y un par de oraciones dedicadas a él. Según la Biblia, San Pedro de Cáceres había salvado a un niño de unos depredadores llevándolo a hombros a través de un río lleno de pirañas. La hazaña le costó el pie derecho, que más tarde acabó por infectarse, pero por su su desconocimiento en lo relacionado al arte de la amputación, acabó en una gangrena que le costó la vida. A pesar de ésto fue un héroe reconocido.
En un ataque moro desde Portugal, saquearon la iglesia, pero nuestro clérigo salió vivo con el tríptico que simbolizaba a san Pedro de Cáceres. Tuvo que vivir en el bosque durante dos largos años, confiando en San Pedro. Hubo una vez que dejó de confiar en San Pedro, porque veía que su vida sólo empeoraba, pero vió una señal y dedujo que tenía que ir a Toledo, capital de la antigua España.
Cuando llegó a Toledo, hizo famoso a San Pedro de Cáceres gracias a que anunció que su ermita había sido asediada, ya que era información vital para el ejército español. Le construyeron una ermita como la suya a las afueras de la ciudad y alcanzó muy buen rango.

Un día mientras que rezaba, le vino un pensamiento fugaz y reparó en que San Pedro de Cáceres no había hecho nada por él, por lo cual interrumpió su rezo y fue a hablar con el párroco de la Catedral principal. En mitad de la conversación, entró un tipo disfrazado y apuñaló al clérigo.
Más adelante se supo que había sido un atentado contra el párroco de la Catedral de Toledo, pero el clérigo, murió sin saber que realmente San Pedro le había matado para que no sufriese como él, pero en este caso era de tuberculosis.
lunes, 21 de junio de 2010
Fácil aprender, difícil olvidar
Era verano de 1938. Soñaba con escapar, con volar lejos de la ley y la guerra. Lo tenía todo planeado: me alistaría en el ejército para luchar en Navarra o Cataluña y cuando perdiésemos alguna batalla me intentaría escapar por la frontera y empezaría de nuevo en Francia. El problema: mi mujer.
Miro la caja de galletas y saco el periódico del ABC de julio del 38, intentando recordar algo más. Así fue, conseguí pasar la frontera. En agosto todos los lugares cercanos al mar Mediterráneo eran áridos, ahora pienso: “Sólo falta la típica bola de paja del Western”, y reí sin ganas.
Pero entonces encontré aquel periódico; por lo visto, no era la primera persona ni la más equipada que huía de la guerra en este verano. Miré el periódico; curiosamente era del mes anterior, pero daba igual, con la guerra y la crisis nacional no había noticias de otro país. Ahora lo leo: “Ataque rebelde sobre Navarra”, “Los maquis están arrinconados en los Picos de Europa”, y el que más me sorprende: “Unos mil soldados españoles se escapan por la frontera al año: ¿Debemos protegerla? Comentado por Severino Gil”. La verdad es que los periódicos me parecían que tenían más color en mis buenos tiempos.
Miro otra vez la caja y saco una herradura de caballo, para recordar. Andando hacia el norte encontré un pueblo muy pequeño que en el 44 fue arrasado por los nazis; por suerte, yo ya no estaba allí. Allí, en la primera casa que vi, me encontré un herrero revolviéndolo todo. Me encontré una herradura y me la guardé pensando que me daría suerte. Luego me acerqué a él y le dije: “J’aime travailler”, porque mis pocos conocimientos de francés no daban tanto de sí como para distinguir “querer” de “desear”.

Ahora miro otra vez y busco mi viejo gorro. De esto sí me acordaba. Al mes de trabajar para un francés y vivir en el monte me hice una casa y conseguí enviarle a mi mujer en Madrid todos mis recuerdos de la fuga, pero a los dos meses me vino una carta a su nombre con tema: “Testamento”. Allí me envió todos mis recuerdos en la caja de galletas María que tanto me había costado abrir hace unas horas. Le habían embargado la casa y la habían asesinado porque yo era sospechoso de huir de España.
-Raúl, ¿Qué haces?- me preguntó en francés
-Yo nada, recordar, ya que no puedo olvidar-
-Vale, lo siento, voy a hacer la cena-
-No tengo hambre cariño, pero gracias-dije
-De acuerdo-me dijo un poco triste-Te quiero-
La verdad es que me siento culpable por saber que no voy a querer a una mujer más que a mi antigua esposa, y me extraña que Marie siga a mi lado, porque ella lo sabe.
Recuerdo a mi antigua mujer, delgada y delicada, como una rosa. Tenía una fortaleza espiritual increíble, y una paciencia infinita; pero sé que no murió asesinada, murió de soledad, por haberla abandonado. Ahora me levanto, con la herida abierta, lágrimas, odio y rabia y tiro la caja al fuego y pienso: “Maldita seas, guerra, marioneta del diablo, danza de la Muerte”.
Miro la caja de galletas y saco el periódico del ABC de julio del 38, intentando recordar algo más. Así fue, conseguí pasar la frontera. En agosto todos los lugares cercanos al mar Mediterráneo eran áridos, ahora pienso: “Sólo falta la típica bola de paja del Western”, y reí sin ganas.
Pero entonces encontré aquel periódico; por lo visto, no era la primera persona ni la más equipada que huía de la guerra en este verano. Miré el periódico; curiosamente era del mes anterior, pero daba igual, con la guerra y la crisis nacional no había noticias de otro país. Ahora lo leo: “Ataque rebelde sobre Navarra”, “Los maquis están arrinconados en los Picos de Europa”, y el que más me sorprende: “Unos mil soldados españoles se escapan por la frontera al año: ¿Debemos protegerla? Comentado por Severino Gil”. La verdad es que los periódicos me parecían que tenían más color en mis buenos tiempos.
Miro otra vez la caja y saco una herradura de caballo, para recordar. Andando hacia el norte encontré un pueblo muy pequeño que en el 44 fue arrasado por los nazis; por suerte, yo ya no estaba allí. Allí, en la primera casa que vi, me encontré un herrero revolviéndolo todo. Me encontré una herradura y me la guardé pensando que me daría suerte. Luego me acerqué a él y le dije: “J’aime travailler”, porque mis pocos conocimientos de francés no daban tanto de sí como para distinguir “querer” de “desear”.

Ahora miro otra vez y busco mi viejo gorro. De esto sí me acordaba. Al mes de trabajar para un francés y vivir en el monte me hice una casa y conseguí enviarle a mi mujer en Madrid todos mis recuerdos de la fuga, pero a los dos meses me vino una carta a su nombre con tema: “Testamento”. Allí me envió todos mis recuerdos en la caja de galletas María que tanto me había costado abrir hace unas horas. Le habían embargado la casa y la habían asesinado porque yo era sospechoso de huir de España.
-Raúl, ¿Qué haces?- me preguntó en francés
-Yo nada, recordar, ya que no puedo olvidar-
-Vale, lo siento, voy a hacer la cena-
-No tengo hambre cariño, pero gracias-dije
-De acuerdo-me dijo un poco triste-Te quiero-
La verdad es que me siento culpable por saber que no voy a querer a una mujer más que a mi antigua esposa, y me extraña que Marie siga a mi lado, porque ella lo sabe.
Recuerdo a mi antigua mujer, delgada y delicada, como una rosa. Tenía una fortaleza espiritual increíble, y una paciencia infinita; pero sé que no murió asesinada, murió de soledad, por haberla abandonado. Ahora me levanto, con la herida abierta, lágrimas, odio y rabia y tiro la caja al fuego y pienso: “Maldita seas, guerra, marioneta del diablo, danza de la Muerte”.
martes, 11 de mayo de 2010
Me llamo Earl
Hoy, como siempre, voy al trabajo a duras penas. Con el mismo asco de todas las mañanas: menos los viernes y más los lunes. Todavía con pereza y sueño me abroché el cinturón en el agujero más flojo, me ataba los botones de la camisa dejando a la vista el vello del pecho y me mojaba el pelo. Nada más. Salía de mi casa y siempre veía a la misma persona pidiendo en el puente, que adiestraba a su perro y a su gato moribundo para hacer poses inverosímiles. Se llamaba Earl.
Earl era un gran amigo pues siempre ayudaba cuando podía y la mayoría de la gente le dejaba tirado. Después de conocerle, me di cuenta de que era una persona como yo, harta de la vida.
Siempre pasaba por las mañanas y lo veía allí, aburrido de hacer siempre poses para atraer a la gente. Al cabo de dos meses vi una actitud que me hizo gracia y le eché una moneda de diez céntimos, cuando me habló sin apenas moverse:
-Muy poca generosidad para tres meses- dijo, y me sorprendí bastante-...Me llamo Earl-
Me despedí como pude y me fui a casa. A partir de ahí me saludó todos los días y aunque yo pasaba de él, seguía. Se convirtió en algo normal hasta que me despidieron por quedarme dormido por culpa de una noche de insomnio. Pensé "Se acabó todo", y cuando volví a casa estaba allí.
-¡Hola!-
-Hola-
-Por fin me hablas. Te ha costado, ¿eh?-
-Bah... Puedes venirte a casa si quieres-
-Te han despedido, ¿no?-
-Pues... Sí ¿Te vienes entonces?-
-No, no, que hoy el negocio está hasta arriba-
-Ja,ja. Como quieras-

Al cabo de un año o así, ya había vuelto a trabajar, pero con otro punto de vista. Entonces era bibliotecario y escribía. Pasaban los días y cuando escribí mi primera novela me despidieron de la biblioteca por ordenar mal justo unos libros que no me habían explicado.
El primer libro había sido un éxito, lo supe y a la mañana siguiente que me desperté, me abroché el cinturón en el agujero más flojo, me até los botones de la camisa dejando a la vista el vello y me lavé el pelo. Esta vez no me dirigía a mi trabajo, sino a ver a Earl. Pero ya no estaba. Entonces lo comprendí, Earl me había ayudado a ser optimista y mirar al frente, después de todo él era pobre y veía todo mucho mejor que yo. Me había salvado de una bancarrota y había encontrado mi verdadera vocación: escribir.
Earl era un gran amigo pues siempre ayudaba cuando podía y la mayoría de la gente le dejaba tirado. Después de conocerle, me di cuenta de que era una persona como yo, harta de la vida.
Siempre pasaba por las mañanas y lo veía allí, aburrido de hacer siempre poses para atraer a la gente. Al cabo de dos meses vi una actitud que me hizo gracia y le eché una moneda de diez céntimos, cuando me habló sin apenas moverse:
-Muy poca generosidad para tres meses- dijo, y me sorprendí bastante-...Me llamo Earl-
Me despedí como pude y me fui a casa. A partir de ahí me saludó todos los días y aunque yo pasaba de él, seguía. Se convirtió en algo normal hasta que me despidieron por quedarme dormido por culpa de una noche de insomnio. Pensé "Se acabó todo", y cuando volví a casa estaba allí.
-¡Hola!-
-Hola-
-Por fin me hablas. Te ha costado, ¿eh?-
-Bah... Puedes venirte a casa si quieres-
-Te han despedido, ¿no?-
-Pues... Sí ¿Te vienes entonces?-
-No, no, que hoy el negocio está hasta arriba-
-Ja,ja. Como quieras-

Al cabo de un año o así, ya había vuelto a trabajar, pero con otro punto de vista. Entonces era bibliotecario y escribía. Pasaban los días y cuando escribí mi primera novela me despidieron de la biblioteca por ordenar mal justo unos libros que no me habían explicado.
El primer libro había sido un éxito, lo supe y a la mañana siguiente que me desperté, me abroché el cinturón en el agujero más flojo, me até los botones de la camisa dejando a la vista el vello y me lavé el pelo. Esta vez no me dirigía a mi trabajo, sino a ver a Earl. Pero ya no estaba. Entonces lo comprendí, Earl me había ayudado a ser optimista y mirar al frente, después de todo él era pobre y veía todo mucho mejor que yo. Me había salvado de una bancarrota y había encontrado mi verdadera vocación: escribir.
domingo, 18 de abril de 2010
Redacción de Abril
Era 20 de junio de 1942 y sólo había una buena noticia: se acababa el colegio. Por el contrario, el comienzo del verano sólo traía malas noticias; iba a haber sequía, los campos iban a pasar un verano árido sin la sombra de ningún vegetal. A mi padre lo iban a despedir, porque era celiaco y en el trabajo tenía que comer a escondidas, y mi madre enfermaría por el calor y la falta de humedad. Bah! Todo malas noticias. Vivíamos en la Toscana y no teníamos cerca el mar. Desde que Italia se unió a Hitler, al que debíamos adorar como a un dios, habíamos entrado en una crisis y todo costaba el doble. Tampoco había muchos puestos de trabajo. Yo creía que sólo podíamos aguantar este verano.
En mi sana inocencia pensaba que todo iba bien, pero al final me acababa enterando de todo, porque mi padre trabajaba dieciséis horas al día y no tenía tiempo de estar con mi madre, así que ella me contaba nuestras desgracias. Un día llegó mi padre:
-Aranccia, nos tenemos que ir –dijo fatigado por la carrera mi padre- Han venido.
-No puede ser. ¿Qué hemos hecho?-
-Da igual lo que hayamos hecho, ellos se llevan a todos-
-¿Irnos?¿Adónde?¿Quiénes son ellos?- Interrumpí, pues no habían caído en que estaba al otro lado de la puerta escuchando la conversación.
-¡Nada, nada! Problemas de mayores, hija, vete a la cama-
-Yo ya soy mayor, papá-dije, pero mi padre me fulminó con la mirada y comprendí que la conversación había terminado.
Por la mañana comencé mi rutina impaciente porque mi madre diese el paso de contarme lo del día anterior. Cuando estaba zurciendo calcetines, vino mi madre con la cámara de fotos y me sacó una en la que sigo insistiendo en que salgo muy mal, pálida, pues así es como salgo cuando estoy concentrada. Por la tarde fue cuando entraron. Cinco hombres nazis armados cogieron a mis padres y se los llevaron fuera. Yo me fui al sótano, con la foto, pues era donde me habían dicho que me escondiese en estos casos. Cogieron a mi madre y la metieron en el coche. A mi padre le pusieron de rodillas con las manos en la nuca. Después oí “Por traidor”, seguido de un tiro mortal. Tenía los ojos vidriosos y cuando me dispuse a darme la vuelta me taparon la boca con un paño con cloroformo.

Cuando me desperté estaba en una cama, me dispuse a salir cuando vi algo que me sorprendió, todos llevábamos el mismo uniforme; verde y sucio. Busqué a mi madre por todo el pueblo en cuestión y la encontré muerta, entre unos escombros. No sabía que estaba muerta hasta que la di la vuelta intentando reanimarla y estaba apuñalada. También tenía la camiseta rajada y no tenía pantalones por lo que deduje que la habían violado. Ya sabía donde estaba. Me abracé a mi madre y me quedé allí el tiempo que me quedaba, pues iba a morir. Me quedé allí llorando de rabia mientras que pronunciaba entre dientes: “Malditos bastardos”.
En mi sana inocencia pensaba que todo iba bien, pero al final me acababa enterando de todo, porque mi padre trabajaba dieciséis horas al día y no tenía tiempo de estar con mi madre, así que ella me contaba nuestras desgracias. Un día llegó mi padre:
-Aranccia, nos tenemos que ir –dijo fatigado por la carrera mi padre- Han venido.
-No puede ser. ¿Qué hemos hecho?-
-Da igual lo que hayamos hecho, ellos se llevan a todos-
-¿Irnos?¿Adónde?¿Quiénes son ellos?- Interrumpí, pues no habían caído en que estaba al otro lado de la puerta escuchando la conversación.
-¡Nada, nada! Problemas de mayores, hija, vete a la cama-
-Yo ya soy mayor, papá-dije, pero mi padre me fulminó con la mirada y comprendí que la conversación había terminado.
Por la mañana comencé mi rutina impaciente porque mi madre diese el paso de contarme lo del día anterior. Cuando estaba zurciendo calcetines, vino mi madre con la cámara de fotos y me sacó una en la que sigo insistiendo en que salgo muy mal, pálida, pues así es como salgo cuando estoy concentrada. Por la tarde fue cuando entraron. Cinco hombres nazis armados cogieron a mis padres y se los llevaron fuera. Yo me fui al sótano, con la foto, pues era donde me habían dicho que me escondiese en estos casos. Cogieron a mi madre y la metieron en el coche. A mi padre le pusieron de rodillas con las manos en la nuca. Después oí “Por traidor”, seguido de un tiro mortal. Tenía los ojos vidriosos y cuando me dispuse a darme la vuelta me taparon la boca con un paño con cloroformo.

Cuando me desperté estaba en una cama, me dispuse a salir cuando vi algo que me sorprendió, todos llevábamos el mismo uniforme; verde y sucio. Busqué a mi madre por todo el pueblo en cuestión y la encontré muerta, entre unos escombros. No sabía que estaba muerta hasta que la di la vuelta intentando reanimarla y estaba apuñalada. También tenía la camiseta rajada y no tenía pantalones por lo que deduje que la habían violado. Ya sabía donde estaba. Me abracé a mi madre y me quedé allí el tiempo que me quedaba, pues iba a morir. Me quedé allí llorando de rabia mientras que pronunciaba entre dientes: “Malditos bastardos”.
martes, 9 de marzo de 2010
Redacción marzo; Una mujer guerrera
-¿Hola? ¿Dónde estoy?- Dije cuando me desperté aquella tarde de cinco de marzo del año 104 del calendario musulmán. Estábamos en guerra y la batalla era en Córdoba y estábamos perdiendo. Me contaron que me habían trasladado a Granada, la ciudad principal del Imperio Musulmán de al-Ándalus. Me había roto un brazo y tenía una contusión provocada por una pedrada por la cual me había desmayado. Yo era una joven musulmana que quería luchar y tenía oportunidades, ya que al estar en guerra, a las autoridades les daban un poco igual las leyes, porque para ellos cuantos más guerreros al frente mejor, ya fuesen hombres o mujeres. En caso de que me descubriesen, siempre tenía la excusa de que los cristianos me habían apresado y que, al atacar los musulmanes, no tenía más remedio que luchar.
Me recuperé un mes o dos más tarde, y para entonces ya me encontraba bien para volver a las andadas. Nada me retenía en territorio seguro. Mi madre había muerto por una curiosa enfermedad que los médicos no consiguieron descifrar. No tenía amigos ya que no tenía una ciudad de residencia fija y nadie se aventuraba a acompañarme en mis viajes. Sólo mi padre, era lo único que tenía. Era el general que dirigía las tropas de ataque al saber de mi lesión, no tuvo tregua consigo mismo hasta conquistar Córdoba, donde había combatido. Mi padre me veía dos o tres veces al año, ya que quería vivir en el frente y que yo viviese lejos, en Granada. Al verle tan pocas veces se sentía arrepentido y me concedía cualquier favor, cualquiera.
Me reincorporé a mi entrenamiento de lucha como si me quisiese torturar por algo. Le dedicaba día sí y día también, con jornadas de siete horas, hasta que vino mi padre. Todavía le recuerdo, con tristeza y como él quería que le recordase, con esperanza y con visión de futuro, siempre con nuevas alternativas. Era más bien gordo, alto, corpulento, no demasiado guapo y con un gesto impasible a cualquier suceso.
-¡Padre!-Corrí hacia él y le abracé.
-¡Hola hija! ¿Qué tal por aquí? ¿Qué tal te tratan?-dijo
-Pues bien, me recuperé de la lesión rápidamente y no me dejó ninguna marca de guerra-
-En el frente os echo mucho de menos a ti y a tu madre y no sé si tomo las decisiones correctamente-dijo-si me pides un favor, por muy grande que sea, me sentiré mejor-
-No es necesario padre…-
-Sí, por favor, hazlo por mí, no me hagas sentir culpable-
-Vale… Me gustaría entrar en el ejército-
-¿Cómo?¿En el ejército?... Vale, si tu lo quieres así, vale, pero tendrás dos ¡no!, cuatro guardaespaldas a tu disposición y…-
-¡Muchas gracias padre!-
-Sí, sí, pero prométele a tu padre que no te va a pasar nada ahí fuera-finalizó
Me entrené un montón después de esta gran noticia; aumenté mi tiempo de entrenamiento, aprendí a utilizar nuevas armas e instruí a algunos soldados. Me trasladaron a Córdoba, donde se preveía un contraataque.
Estaba entrenando, pues no tenía otra cosa en la cabeza que luchar y hacerme más fuerte y ágil, cuando vino mi padre. Me dio una gran noticia, podía ascenderme a capitana sólo si yo quería. Los beneficios eran que tendría un grupo al que dirigir e instruir, podría adquirir misiones especiales, y, sobre todo, que dispondría de un caballo.
La idea me maravillaba, así que acepté dando saltos de alegría. Estaba contentísima, esa misma tarde fuimos a escoger mi caballo. Había diez. Es verdad que había caballos más fuertes y rápidos que el que elegí, pero cuando lo ví me dí cuenta de que era diferente, especial, y así lo era. En la próxima semana ya sabía montar a caballo, porque Siber, mi nuevo amigo no me había puesto las cosas nada, nada difíciles. Yo sentía que él me entendía, y que yo le entendía a él. Le trataba y quería como a otro ser humano, como a un hermano.
Al final el esperado contraataque no llegó y sospechamos que se habían retirado, pero era una trampa. Yo lo temí desde el principio, pero en momentos críticos como éstos, mi padre no estaba dispuesto a valorar otros factores de los que veía. Yo no creía tan tontos a los cristianos. Pensaba que se habían replegado en la próxima ciudad que tendríamos que conquistar, ya que su líder conocía a mi padre y sabía que no iba a desperdiciar ni un segundo en tomar la opción de esperar o avanzar. Así pues, nos dirigimos a Toledo.
Éramos una tropa de diez mil hombres de los cuáles casi todos tenían miedo, ya que habían sido alistados en el ejército por obligación, ya que no había suficientes voluntarios. Contábamos con la ventaja de que la mayoría del imperio cristiano eran campesinos y artesanos. Llegamos y, evidentemente, yo tenía razón. Había unos catorce mil . Lo que más me extrañó fue que nos esperaban fuera de la ciudad, lo que me dio una idea. Mi padre se dispuso a mandar las primeras tropas al ataque cuando le interrumpí con mi plan: consistía en ir por detrás dando la vuelta a toda la tropa enemiga y asesinar a su líder. Dado que necesitaba un caballo, mi padre me escogió, pues en todos sus años como general nunca había encontrado a algún soldado digno de confianza como para encomendarle una misión como esta.
Sonaron las trompetas, el enemigo había tomado la iniciativa.Convencí a mi padre y me fui al campamento donde permanecían dos caballos más el mío. Los cogí y se los dí a dos soldados de mi escuadrón. Dimos toda la vuelta, casi un kilómetro más lejos de la batalla y llegamos. Les susurré a mis acompañantes que mantuviesen ocupados a los guardaespaldas del líder mientras que yo le mataba. Funcionó. Nos acercamos rápida y sigilosamente y dí el susto; una puñalada y cayó, pero emitió un grito ensordecedor que dió la vuelta a todos los soldados y, por si fuera poco, su caballo le dio una hoz al mío tirándonos a ambos. Como he dicho antes mi caballo y yo nos comprendíamos mutuamente, y en cuanto se incorporó, fue directo a los enemigos a llamar su atención sacrificándose para salvarme.
Así es, mi mejor amigo fue un animal y me entendí con él mejor que con cualquier otro se humano, pero ya se había ido. Los enemigos no actuaron de otra manera que la nuestra. Fueron directamente a por mi padre y consiguieron el mismo resultado. Con la muerte de su líder su ejército se desmoronó y pero el nuestro, consiguió conquistar la ciudad, ya que reuní el valor necesario a la hora de tomar la decisión. Logré mi objetivo, pero me salió muy caro.
De ahí en adelante guié al ejército musulmán hasta la victoria de León, pero en ese momento me retiré, porque ya no tenía edad y había sufrido muchas lesiones. Hoy todavía recuerdo a mi padre intentando imaginar que sonreía, y a mi caballo Siber y yo corriendo juntos por el país de los sueños y de la felicidad.
Me recuperé un mes o dos más tarde, y para entonces ya me encontraba bien para volver a las andadas. Nada me retenía en territorio seguro. Mi madre había muerto por una curiosa enfermedad que los médicos no consiguieron descifrar. No tenía amigos ya que no tenía una ciudad de residencia fija y nadie se aventuraba a acompañarme en mis viajes. Sólo mi padre, era lo único que tenía. Era el general que dirigía las tropas de ataque al saber de mi lesión, no tuvo tregua consigo mismo hasta conquistar Córdoba, donde había combatido. Mi padre me veía dos o tres veces al año, ya que quería vivir en el frente y que yo viviese lejos, en Granada. Al verle tan pocas veces se sentía arrepentido y me concedía cualquier favor, cualquiera.
Me reincorporé a mi entrenamiento de lucha como si me quisiese torturar por algo. Le dedicaba día sí y día también, con jornadas de siete horas, hasta que vino mi padre. Todavía le recuerdo, con tristeza y como él quería que le recordase, con esperanza y con visión de futuro, siempre con nuevas alternativas. Era más bien gordo, alto, corpulento, no demasiado guapo y con un gesto impasible a cualquier suceso.

-¡Padre!-Corrí hacia él y le abracé.
-¡Hola hija! ¿Qué tal por aquí? ¿Qué tal te tratan?-dijo
-Pues bien, me recuperé de la lesión rápidamente y no me dejó ninguna marca de guerra-
-En el frente os echo mucho de menos a ti y a tu madre y no sé si tomo las decisiones correctamente-dijo-si me pides un favor, por muy grande que sea, me sentiré mejor-
-No es necesario padre…-
-Sí, por favor, hazlo por mí, no me hagas sentir culpable-
-Vale… Me gustaría entrar en el ejército-
-¿Cómo?¿En el ejército?... Vale, si tu lo quieres así, vale, pero tendrás dos ¡no!, cuatro guardaespaldas a tu disposición y…-
-¡Muchas gracias padre!-
-Sí, sí, pero prométele a tu padre que no te va a pasar nada ahí fuera-finalizó
Me entrené un montón después de esta gran noticia; aumenté mi tiempo de entrenamiento, aprendí a utilizar nuevas armas e instruí a algunos soldados. Me trasladaron a Córdoba, donde se preveía un contraataque.
Estaba entrenando, pues no tenía otra cosa en la cabeza que luchar y hacerme más fuerte y ágil, cuando vino mi padre. Me dio una gran noticia, podía ascenderme a capitana sólo si yo quería. Los beneficios eran que tendría un grupo al que dirigir e instruir, podría adquirir misiones especiales, y, sobre todo, que dispondría de un caballo.
La idea me maravillaba, así que acepté dando saltos de alegría. Estaba contentísima, esa misma tarde fuimos a escoger mi caballo. Había diez. Es verdad que había caballos más fuertes y rápidos que el que elegí, pero cuando lo ví me dí cuenta de que era diferente, especial, y así lo era. En la próxima semana ya sabía montar a caballo, porque Siber, mi nuevo amigo no me había puesto las cosas nada, nada difíciles. Yo sentía que él me entendía, y que yo le entendía a él. Le trataba y quería como a otro ser humano, como a un hermano.
Al final el esperado contraataque no llegó y sospechamos que se habían retirado, pero era una trampa. Yo lo temí desde el principio, pero en momentos críticos como éstos, mi padre no estaba dispuesto a valorar otros factores de los que veía. Yo no creía tan tontos a los cristianos. Pensaba que se habían replegado en la próxima ciudad que tendríamos que conquistar, ya que su líder conocía a mi padre y sabía que no iba a desperdiciar ni un segundo en tomar la opción de esperar o avanzar. Así pues, nos dirigimos a Toledo.
Éramos una tropa de diez mil hombres de los cuáles casi todos tenían miedo, ya que habían sido alistados en el ejército por obligación, ya que no había suficientes voluntarios. Contábamos con la ventaja de que la mayoría del imperio cristiano eran campesinos y artesanos. Llegamos y, evidentemente, yo tenía razón. Había unos catorce mil . Lo que más me extrañó fue que nos esperaban fuera de la ciudad, lo que me dio una idea. Mi padre se dispuso a mandar las primeras tropas al ataque cuando le interrumpí con mi plan: consistía en ir por detrás dando la vuelta a toda la tropa enemiga y asesinar a su líder. Dado que necesitaba un caballo, mi padre me escogió, pues en todos sus años como general nunca había encontrado a algún soldado digno de confianza como para encomendarle una misión como esta.
Sonaron las trompetas, el enemigo había tomado la iniciativa.Convencí a mi padre y me fui al campamento donde permanecían dos caballos más el mío. Los cogí y se los dí a dos soldados de mi escuadrón. Dimos toda la vuelta, casi un kilómetro más lejos de la batalla y llegamos. Les susurré a mis acompañantes que mantuviesen ocupados a los guardaespaldas del líder mientras que yo le mataba. Funcionó. Nos acercamos rápida y sigilosamente y dí el susto; una puñalada y cayó, pero emitió un grito ensordecedor que dió la vuelta a todos los soldados y, por si fuera poco, su caballo le dio una hoz al mío tirándonos a ambos. Como he dicho antes mi caballo y yo nos comprendíamos mutuamente, y en cuanto se incorporó, fue directo a los enemigos a llamar su atención sacrificándose para salvarme.
Así es, mi mejor amigo fue un animal y me entendí con él mejor que con cualquier otro se humano, pero ya se había ido. Los enemigos no actuaron de otra manera que la nuestra. Fueron directamente a por mi padre y consiguieron el mismo resultado. Con la muerte de su líder su ejército se desmoronó y pero el nuestro, consiguió conquistar la ciudad, ya que reuní el valor necesario a la hora de tomar la decisión. Logré mi objetivo, pero me salió muy caro.
De ahí en adelante guié al ejército musulmán hasta la victoria de León, pero en ese momento me retiré, porque ya no tenía edad y había sufrido muchas lesiones. Hoy todavía recuerdo a mi padre intentando imaginar que sonreía, y a mi caballo Siber y yo corriendo juntos por el país de los sueños y de la felicidad.
sábado, 27 de febrero de 2010
Cuento Febrero: El Origen de la Rosa Negra
¡Qué aburrimiento! Hoy me tocaba hacer la ronda de patrulla y no me apetecía nada, aunque al jefe no le iba a gustar. Me fui a la trastienda de la comisaría y me puse a jugar a los videojuegos, a los muñecos de acción y a ver la tele. A media mañana vino mi jefe. No es que le esperase, pero sabría que vendría de un momento a otro. Era bajo, como yo, mediría metro sesenta como mucho, siempre con traje de policía superior y con una calva de polo a polo.
-¡¿Cómo no has ido a hacer la ronda?!-dijo enfurecido.
-No quería, es tan aburrida...-dije con un tono fingido de arrepentimiento.
-¡¿Cómo que no querías?! ¡Una más de estas y te dejo en el paro! ¿Me oyes? ¡Ahora ve a hacer la ronda!-finalizó
-Va jefe ya voy-
Salí en mi bicicleta a hacer la ronda cuando me encontré con Nakarawa, otro agente de policía. Era muy inteligente y obediente. Era rico por su herencia, tenía una mansión con un terreno tres veces más grande que nuestro barrio, pero aún así, trabajaba en el cuerpo de policía por pasión y aunque pareciese mentira, yo era su superior.
-Hola jefe ¿Qué tal?-
-Bien, yo bien, ¡Pero tu llegas tarde a trabajar!-
-Oh sí, disculpe, es que hoy me apetecía venir andando-
-Vale, vale, pero date prisa ¿Eh?-

Seguí mi camino por la ruta habitual, pero me desvié para ver a un amigo que llevaba una fábrica de ropa interior. Cuando llegué ponía el típico cartel: "Out of bussines". Entré y estaba llorando allí. Me dijo que había cerrado por falta de clientes. Yo sabía que tipo de ropa interior se utilizaba ahora, y se me ocurrió una idea ya que un amigo también había cerrado un negocio de libros en el centro de Tokio.
Mi plan consistía en hacer un mercadillo urbano de inauguración y vender bragas, regalando cultura y con la ventaja de que el local estaba en el centro de Tokio. El negocio se llamaría: "La Rosa Negra", una fusión de una fábrica de ropa interior y de libros.
Eran las seis de la mañana y no había nadie en la calle, hice esa foto para inmortalizar el momento. Media hora más tarde empezó a venir gente, el cartel de la foto la hacía graciosa y singular: "Por la compra de tres bragas regalamos un libro". Todo fue un éxito.
Al final el mercadillo se transformó en una tienda de artículos sexuales y dejaron los libros, ya que estaba claro lo que buscaba la gente, más adelante montaron empresa y tiendas en muchos países y pasaron a ser conocidos mundialmente. Respecto a mí, me dieron una cuota de 10% de los beneficios por la idea, con lo que no tuve que volver a trabajar en toda mi vida, que era lo que odiaba verdaderamente.
-¡¿Cómo no has ido a hacer la ronda?!-dijo enfurecido.
-No quería, es tan aburrida...-dije con un tono fingido de arrepentimiento.
-¡¿Cómo que no querías?! ¡Una más de estas y te dejo en el paro! ¿Me oyes? ¡Ahora ve a hacer la ronda!-finalizó
-Va jefe ya voy-
Salí en mi bicicleta a hacer la ronda cuando me encontré con Nakarawa, otro agente de policía. Era muy inteligente y obediente. Era rico por su herencia, tenía una mansión con un terreno tres veces más grande que nuestro barrio, pero aún así, trabajaba en el cuerpo de policía por pasión y aunque pareciese mentira, yo era su superior.
-Hola jefe ¿Qué tal?-
-Bien, yo bien, ¡Pero tu llegas tarde a trabajar!-
-Oh sí, disculpe, es que hoy me apetecía venir andando-
-Vale, vale, pero date prisa ¿Eh?-
Seguí mi camino por la ruta habitual, pero me desvié para ver a un amigo que llevaba una fábrica de ropa interior. Cuando llegué ponía el típico cartel: "Out of bussines". Entré y estaba llorando allí. Me dijo que había cerrado por falta de clientes. Yo sabía que tipo de ropa interior se utilizaba ahora, y se me ocurrió una idea ya que un amigo también había cerrado un negocio de libros en el centro de Tokio.
Mi plan consistía en hacer un mercadillo urbano de inauguración y vender bragas, regalando cultura y con la ventaja de que el local estaba en el centro de Tokio. El negocio se llamaría: "La Rosa Negra", una fusión de una fábrica de ropa interior y de libros.
Eran las seis de la mañana y no había nadie en la calle, hice esa foto para inmortalizar el momento. Media hora más tarde empezó a venir gente, el cartel de la foto la hacía graciosa y singular: "Por la compra de tres bragas regalamos un libro". Todo fue un éxito.
Al final el mercadillo se transformó en una tienda de artículos sexuales y dejaron los libros, ya que estaba claro lo que buscaba la gente, más adelante montaron empresa y tiendas en muchos países y pasaron a ser conocidos mundialmente. Respecto a mí, me dieron una cuota de 10% de los beneficios por la idea, con lo que no tuve que volver a trabajar en toda mi vida, que era lo que odiaba verdaderamente.
sábado, 6 de febrero de 2010
Redacción Enero: el fuego
Han pasado seis años y todo es igual de aburrido, con mi empleo de jefe de gimnasio. Tenía que practicar e inscribir a los nuevos miembros, los pocos. Yo quería a mi familia, pero estaba dispuesto a dejarla e irme con otro empleo, en las afueras de los Ángeles, en un chalet.
Todo era aburrido hasta que recibí un mensaje que me cambió la vida. Querían que me alistase en la marina. Al final conseguí convencer a mi mujer. Me dirigía a la costa, e iba en un submarino, que viajaría a Rusia. Cuando estaba en el trayecto, me explicaron que todo había sido una mentira; me habían contratado como espia para matar a un terrorista ruso, igual que yo en rasgos. Yo me negué, pero me dijeron que aquí nadie encontraría mi cadáver.
Cuando llegamos, viajamos en un coche antiguo hacia Siberia, donde comenzaría mi entrenamiento.
Allí hacía un frío terrible, pero ellos, una agencia secreta anti-terrorista, me adiestraron para luchar, disparar y saber psicología. El jefe de la banda tenía un asunto personal con él. Quería matarlo a toda costa aunque me perdiese, por eso entendí que debía ser totalmente perfecto. Hubo una prueba que consistia en, según unas pistas de una habitación, averiguar qué había hecho mi esposa. Tardé cuatro meses en terminar el adiestramiento, y según me contaron el mejor que había pasado por allí tardo seis meses.

Mi primera prueba, posíblemente la más difícil psicológicamente de todas. Consistía en serle infiel a mi mujer con otra destrozada, sola, drogadicta y alcohólica para sacarle información. Al no sentir nada de placer, me dí cuenta de que mi mujer era lo único que me hacía luchar por salir de allí y volver a su lado.
En la segunda prueba, me pidieron que me colase en una casa para coger información sobre la casa del terrorista. Me pillaron y tuve que matar, matar suciamente, no de un torpedo, no, sino de un disparo de cerca y a un aliado.
Realmente mi misión era realizar actos de terrorista y que me identificasen como Bruno, el verdadero terrorista. Así el gobierno ruso iría a por él.
Lo conseguí dos meses más tarde de huir y matar el gobierno ruso fue a su casa y lo aniquilaron.
Cuando volvía a casa no tenía casi dinero y mi mujer y mis hijos me recibieron con los brazos abiertos. Me habían dado una segunda oportunidad en vez de dinero.
El día 17 de marzo de 2002, mi coche estalló con mi mujer y mis hijos dentro, mi supuesta familia. Tomé el primer vuelo hacia St. Breaux, Francia. Hoy miro el fuego y digo ¿Una vida atrás? mientras quemaba los documentos de identidad antiguos.
Ocho días después llegó una carta con la foto del coche y el funeral. Me reí, la ví, y la tiré al fuego, como se olvida un mal recuerdo
Todo era aburrido hasta que recibí un mensaje que me cambió la vida. Querían que me alistase en la marina. Al final conseguí convencer a mi mujer. Me dirigía a la costa, e iba en un submarino, que viajaría a Rusia. Cuando estaba en el trayecto, me explicaron que todo había sido una mentira; me habían contratado como espia para matar a un terrorista ruso, igual que yo en rasgos. Yo me negué, pero me dijeron que aquí nadie encontraría mi cadáver.
Cuando llegamos, viajamos en un coche antiguo hacia Siberia, donde comenzaría mi entrenamiento.
Allí hacía un frío terrible, pero ellos, una agencia secreta anti-terrorista, me adiestraron para luchar, disparar y saber psicología. El jefe de la banda tenía un asunto personal con él. Quería matarlo a toda costa aunque me perdiese, por eso entendí que debía ser totalmente perfecto. Hubo una prueba que consistia en, según unas pistas de una habitación, averiguar qué había hecho mi esposa. Tardé cuatro meses en terminar el adiestramiento, y según me contaron el mejor que había pasado por allí tardo seis meses.

Mi primera prueba, posíblemente la más difícil psicológicamente de todas. Consistía en serle infiel a mi mujer con otra destrozada, sola, drogadicta y alcohólica para sacarle información. Al no sentir nada de placer, me dí cuenta de que mi mujer era lo único que me hacía luchar por salir de allí y volver a su lado.
En la segunda prueba, me pidieron que me colase en una casa para coger información sobre la casa del terrorista. Me pillaron y tuve que matar, matar suciamente, no de un torpedo, no, sino de un disparo de cerca y a un aliado.
Realmente mi misión era realizar actos de terrorista y que me identificasen como Bruno, el verdadero terrorista. Así el gobierno ruso iría a por él.
Lo conseguí dos meses más tarde de huir y matar el gobierno ruso fue a su casa y lo aniquilaron.
Cuando volvía a casa no tenía casi dinero y mi mujer y mis hijos me recibieron con los brazos abiertos. Me habían dado una segunda oportunidad en vez de dinero.
El día 17 de marzo de 2002, mi coche estalló con mi mujer y mis hijos dentro, mi supuesta familia. Tomé el primer vuelo hacia St. Breaux, Francia. Hoy miro el fuego y digo ¿Una vida atrás? mientras quemaba los documentos de identidad antiguos.
Ocho días después llegó una carta con la foto del coche y el funeral. Me reí, la ví, y la tiré al fuego, como se olvida un mal recuerdo
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